¿Cómo hacer de nuestra vida una obra de arte? Esta pregunta, escrita a mano en una pestaña de la hoja, fue lo primero que leí cuando comencé a repasar el texto “A cualquier cosa llaman arte, ensayo a la falta de lugares” de José Luis Pardo. Mi mente, invadida de tanta información artificial, intentaba buscar una respuesta a esta profunda cuestión. ¿Es posible que la vida de un ser humano pueda convertirse en una obra de arte? Para dar respuesta a esta cuestión es importante revisar, en primer lugar, a qué nos referimos cuando hablamos sobre la falta de lugares; en segundo lugar, a qué llamamos obra de arte; y, para finalizar, daremos respuesta a la pregunta inicial de este párrafo.

Históricamente, el ser humano siempre ha buscado indagar sobre su origen; para ello se han creado una infinidad de mitos que intentan explicar su falta de lugar. Sin duda alguna, el más conocido por nosotros “los locales” es el relato de la expulsión del paraíso de Adán y Eva, un mito que parte de la ausencia de lugar -el Edén- para dar una explicación a nuestro origen. Pero, ¿es necesario intentar buscar un origen? No, en absoluto. ¿Por qué no? Porque cuando revisamos la historia nos damos cuenta de que el querer establecerse sobre un origen ha llevado al ser humano a la ruina. Es cuestión de revisar los relatos bíblicos para darnos cuenta de cómo el pueblo judío defendió sus raíces originarias, librando guerras y masacres innecesarias con el fin de “recuperar su origen y posición como pueblo ungido de Dios”. Lo más aberrante de la historia es conocer que otros pueblos “paganos” emprendieron la misma tarea para defender supuestamente su falta de lugar. Es evidente que el resultado de esto está vinculado al sufrimiento, el despojo de los cuerpos y la mutilación de la propia vida. ¿Por qué quedarnos en el no lugar? Porque eso nos permitiría liberar nuestras almas y habitar los espacios globalmente sin barreras ficticias por querer recuperar un lugar. Precisamente, desde algunos discursos académicos, se defiende la tesis de que es importante que los pueblos tengan memoria de sus orígenes para que tengan apropiación de su contexto y lo defiendan; sin embargo, ¿qué tal si modificamos un poco esa idea y empezamos a fomentar la tesis de que no es necesario recuperar o defender esa falta de lugar?

¿Qué definición da José Luis Pardo a las obras de arte? En la página número 11, el autor explica que “las obras de arte nos permiten corroborar que no existimos históricamente en el origen, nos hacen constatar nuestra impureza” y más adelante afirma que “a cualquier cosa podría, en efecto, llamarse arte, con tal de que le falte lugar… Pero este simple hecho –que una cosa esté fuera de su lugar– hiere al lugar en donde está porque le recuerda que se puede cambiar de lugar, y, en una palabra, que hay otros lugares”. Dicho de otro modo, cualquier cosa que haga un agujero en la existencia, que efectúe una traslación, recordando siempre que somos una versión diferente, que estamos en constante movimiento, que no poseemos un lugar, así como la tierra sigue girando alrededor del sol, sin situarse en una sola posición, es la mejor definición de lo que podemos llamar arte. Justamente, esa misma aptitud podemos asumirla los seres humanos en nuestras vidas, lo que nos permitiría ser transitables en el tiempo, liberarnos del ego opresor que nos sitúa en un lugar de cero movimiento y dinamismo.

En definitiva, si como artistas nos situamos en esta definición, estaríamos en la obligación de derrumbar nuestro ego opresor y construir una definición del quehacer artístico más conciliadora y hospitalaria para la humanidad. Es más, para ser disruptivos y comenzar a crear líneas de fuga para esta modernidad asfixiante, nos despojaríamos del “llamarnos artistas” para comenzar a hacer de nuestra vida una obra de arte, un transcurrir en el tiempo que nos esté recordando constantemente nuestra falta de lugar, nuestra vulnerabilidad a entender que si nos situamos en un “lugar” nos arriesgamos a mutilar nuestra existencia, negándonos el privilegio de ser seres transitables en el tiempo. ¿Qué hay de divertido en ser siempre lo mismo? ¡Es más divertido un videojuego lleno de acción, obstáculos y aventura! Deshacernos del concepto de originalidad nos permitiría ser más creativos y expresivos, reconociendo que nuestro supuesto “lugar de origen” es un caso perdido.

Hacer de nuestra vida una obra de arte es la más bella expresión artística que podríamos asumir. Como futura docente, es la mejor posición para situarme en un constante movimiento, recordando siempre que somos seres foráneos en cualquier lugar y espacio de tiempo, que todo es temporal y podemos vivir en infinitivo muchas facetas de nuestra vida, convirtiéndonos en ese agujero que molesta, que inquieta, que advierte la falta de lugar, que nos impide quedarnos estáticos e inmóviles como si eligiéramos morir aun viviendo. En este punto, podría concluir que el lugar y la quietud solo estarían presentes en la muerte, pero las mismas leyes naturales advierten lo contrario.

En conclusión, en un mundo moderno donde las distracciones nos asfixian y subyugan nuestras mentes para que nos despojemos de nuestro propio cuerpo y fuerza vital, a fin de que obedezcamos los intereses capitalistas del sistema, es un acto de valentía seguir descubriendo cómo podemos hacer de nuestra vida una obra de arte. En efecto, de una cosa sí podemos estar seguros: como dijo Estanislao Zuleta en su ensayo Elogio a la dificultad: “Eva tiene el mérito original de habernos liberado del paraíso”, es decir, de habernos dado esa falta de lugar, y de hacernos comprender que, si seguimos una vida de traslación, estaremos más cerca de expresar nuestra vida como una obra de arte.